Del otro lado del dragón chino

Mucho he vuelto a desear aquel domingo. Fue como los domingos de la infancia, languidos, espesos, silenciosos y calmados. Domingos que parecían domingos. El sonido del vacío se interrumpía sólo con un dedo que de la lengua salía húmedo a pasar las páginas del periódico o con una cuchara moviendo el café, o con la brisa suave en las cortinas de la cafetería.
Estábamos en el Barrio Chino de Washington D.C. tomando del mejor té frío que he probado. Nuestro mesero hacía preguntas genéricas, tan al azar que parecían sacadas de galletas de la suerte. Preguntas que no admitían un si o un no como respuesta, que obligaban la conversación, que no involucraban sentimientos, ni contestaciones más extensas que una oración elemental.
Del otro lado de la mesa que se extendía como un dragón chino curvilineo sobre el local, hablábamos y nos hacíamos las preguntas más comprometidas, más interesadas y más pensadas. Era el primer momento del viaje en que nos sentábamos como en los viejos tiempos.
Han sido muchas las veces que he viajado de vuelta a ese domingo y sé que muchas veces más vendrán en que desee compartir ese tiempo languido, suspendido en el viento que sopla las cortinas mientras compartimos un té frío y nos hacemos preguntas de las que abren puertas, de las que están al otro lado del dragón.






